lunes, 25 de octubre de 2010

Cuento: "ENTRE LAS SOMBRAS"



El colectivo me deja unas tres cuadras de mi casa, para ser exacto, en la ruta. Lo tomo todos los días para ir al trabajo y también para volver de él. El viaje es largo y cansador. El traqueteo del colectivo siempre me somnolienta. A veces un bache me despierta abruptamente y más de una vez me he despertado con la cabeza apoyada en el hombro de algún acompañante circunstancial  de asiento. Pero así es la vida de un trabajador, un ir y venir constante del trabajo. Hay días que trato de soportar el sueño, lucho contra él, pero el cabeceo es constante, el paladar se me seca y  tengo  esa sensación de cansancio que poco a  poco me gobierna; entonces me dejo llevar por Morfeo e ingreso en su maravilloso mundo. Leer un libro, diario, panfleto o lo que uno se pueda imaginar es totalmente inútil. Mis ojos se cierran solos y casi siempre sobresaltado me levanto del asiento y corro al timbre para bajarme; o directamente me paso y acabo en la Terminal, esperando que salga el colectivo de regreso. Por fortuna hoy no me dormí. Estoy alerta, no me voy a pasar de mi destino. Se que es un poco aburrido el recorrido. El paisaje es monótono, casi sin ninguna gracia. Casitas bajas con  jardínes al frente, calles de tierra, perros que corren al colectivo varias cuadras. Todos los días lo mismo. Pero que le voy a hacer, así es la vida.
El crepúsculo se asoma por la ventanilla. El sol deja su paso a una luna gorda, redonda y luminosa. El destino está cerca. A una cuadra de mi parada me levanto tranquilamente. Con pasos lentos me acerco al timbre y lo aprieto con ganas, se podría decir con alivio y ansiedad. Bajo del ómnibus con energía aunque no haya parado del todo. Las puertas quedan detrás y a lo lejos, del  otro lado del descampado, veo mi casa; con  su luz tenue de lamparita 40 kilowatios.
Cruzar el descampado es una proeza que debo cumplir todos los días. Es oscuro y siniestro. Por fortuna el pasar continuo de las personas creó una senda libre de yuyos y maleza. Pero al costado de la misma, el pasto es de un metro de altura y los bichos colorados te pican los brazos. Por suerte, en esta noche, la luna ilumina mi camino y no siento el pavor atroz que experimento todas las noches. Al hacer unos pasos escucho una voz de las profundidades del pastizal que pide ayuda. Me detengo, miro a los costados y no veo nada. Continúo avanzando, pero esa voz tenue y lastimera  de mujer se repite:
- Ayuda, por favor ayuda.-
Al detenerme percibo que algo sujeta mi botamanga. Bajo la mirada y observo que ese algo es una mano oscura y unos redondeles blancos resaltan en la oscuridad. Ella me observa y del blanco de sus dientes salen otra vez las palabras de auxilio. No puedo reaccionar de inmediato,  doy vuelta mi mirada; trato de zafar de su mano, pero ella me sujeta con fuerza. No se porque pero quiero llorar, tal vez salir corriendo es la decisión mas acertada pero no lo hago. Me agacho y tomo su mano. Es como si hubiese tomado un trozo de cartón quemado. Su piel se desarma en mi mano. Ahí comprendo que la habían quemado viva. Suelto su mano asustado y exclamo un pequeño grito. Ella sigue  en el suelo mirándome directamente a los ojos. Producto del pánico caigo al lado de ella.
-         ¿Qué te pasó?¿Quién te hizo esto?-Digo con un suspiro
-         No lo se.- Me dice
 En ese preciso momento también siento un calor en mi cuerpo. Comienzo a transpirar. Ella extiende su mano hacia mi cara; trato de alejarme pero siento el calor de su mano hacia mí. Ahora hay solo silencio. Un resplandor me ciega los ojos. Escucho un ruido de vidrios. Puedo ver por la ventanilla que el choque había sido bastante grande Seguramente el fuego ya había tomado todo el micro. El tanque de nafta explotó. Dos autos también se estaban prendiendo fuego. El humo me está asfixiando. Ella continúa viéndome y solo se interpondrán las llamas. Seguramente, una vez más me había dormido en el colectivo.

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